se encontraba en esa parte del día en que no tenía que hacer nada. era libre, por dos horas. dos horas que a veces dedicaba a hacer algo relacionado con las horas precedentas o las venideras, pero que esta y otras tantas veces dedicaría a hacer nada. esa nada le recordaba su juventud. el colegio, la universidad, tanto no hacer nada. él lo llamaba existir; una vez, por ejemplo, le preguntó a una recién conocida que si trabajaba tánto (como en verdad lo hacía), cuando existía? ella mencionó que solía ser los viernes en la noche, pero ultimamente ya no. él pensó que ya no existía, que que pesar. porque para él existir era tan importante! era la vocación de su vida. había venido a este mundo para existir.
sin embargo, años y sueños pasaron y dejó de existir con tanta intensidad. lo único que le quedaba eran estas dos horas entre la salida de un trabajo y la entrada al otro. dos horas que cuando no se fundían con los trabajos se iban con la gente que miraba pasar. miraba a las adolescentes, tan bellas algunas, las miraba con nostalgia, pensando en esos amores adolescentes que él nunca tuvo. pecosa, sin voluptuosidades, de movimientos delicados, mirala, qué linda. y el novio con esa cara de pendejo. yo podría ser un novio mil veces mejor. mentiras, quién sabe ella que busca, yo podría ser demasiado complicado para ella. porque él era siempre demasiado complicado para casi todo.
como ese día en que había planeado estudiar toda la mañana en la biblioteca, pero al llegar allí y tener que lidiar con las demandas de registro de las autoridades, decidió, mejor, en lugar de acceder a ellas, no entrar a la biblioteca. luego pasó un rato pensando por qué había hecho eso y qué había despertado esa petición en él. finalmente, luego de otros cuantos rodeos, decidió estudiar en otro lugar. así era de complicado, y este es solo el ejemplo más inmediato, pero hay más y más intensos.
como fuera, ella no lo querría. la pecosa que él encontraba bellisima no podría quererlo ahora por ser un viejo (de veinte y tantos) sin mayores encantos, civilizado, con dos trabajos y dos horas libres diurnas, y no podría haberlo querido en su juventud, por no haber sido tan valiente como el niño de apariencia tonta, pero valiente, que la acompañaba. recordar su cobardía de antaño (y forjadora quizás de gran parte de lo que sería despues) lo entristeció un poco.
despues del reconocimiento de este sentimiento, el resto de personas y lugares pasaron a una velocidad muy superior a la anterior, reflexiva. él, en cambio, ya no se movía, permanecía estático en esa idea de su tristeza por el recuerdo de su vieja cobardía (y quizás actual en tanto que había sostenido la construcción que en esa actualidad hablaba con su nombre). estático. las dos horas pasaron y tenía que dejar de existir para dedicarse a enseñar otras dos horas de francés, hasta el anochecer, que venía un poco con la promesa de un poco más de existencia, ojalá no tan triste como el pedazo diurno, y si no tiene recargo, con doble queso.
viernes 12 de febrero de 2010
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