miércoles, 10 de noviembre de 2010

de antes de la llegada

en los últimos días he pensado desmesuradamente en algo, algo que quiero comprar. le he dedicado muchas horas, y si sumo esas horas podría llegar a contar este tiempo días. le he dedicado tanto como se hace con los sueños profundos, con las fantasías elaboradas. lo pienso, me concentro en cada detalle, la imagen crece, luego son secuencias de imagenes y la fantasía termina en algo tan elaborado como el cortometraje más cuidado. y el cuidado no cesa de perfeccionar la obra infinitamente imperfecta. cuido la obra, mi fantasía, como a una planta o a una mascota. lo amo, lo contemplo, me esmero en que tenga todo lo que de mí pueda.

pero a veces me pregunto qué estoy haciendo. qué es esto en lo que me he convertido con esta actividad contempladora y creadora, en el sentido más pobre del termino. porque creo cosas que no existen, creo fantasías. y creo en su valor, en sus bondades y en su luz. aunque no existan. dudo y me pregunto si no es muy triste una existencia basada en cosas que no existen. vivir para ellas, aun cuando ellas no tienen sino lugar en mí, por mí y para mí. vivir para mís fantasías.

yo para ellas. y sin embargo la relación no es tan asimétrica. también son ellas para mí. yo logro mantener su existencia con mi esmero cotidiano, y ellas sostienen la mía con su presencia. ellas hacen que los vacíos de mis días tengan un sentido y una meta, le dan un propósito al transcurrir de mis días. mantenerlas a ellas, cuidarlas. como ese sentido que le dan los hijos a las vidas de las madres. una lógica triste si se la mira desde afuera, pero cuánto llena cuando estás aquí, cuánto. llena como para ser feliz, o al menos sentirte cerca de serlo, que estás casi ahí. llena como para desear que el siguiente día comience antes de dormirte en la noche. así de fértiles son los engendrados. ellos nacieron para darle un contenido y descubrirle una forma a eso que, frente a esa soledad y vacío interiores que una vez sentimos, nos hacía falta. los inventamos para llenar esa falta.

falta de la que antes no sabía nada y que tanto me atormentaba ahora tiene una forma. y es una forma que puedo amar y amo, además. tiene una forma pero no dejo de preguntarme si esa forma era la suya verdadera, la que tenía antes de yo atribuírle ésta. cómo era éso antes de disfrazarlo de esta forma. no lo sé. antes miraba y no veía nada. y es más difícil decirlo así cuando lo que miraba era yo mismo. miraba en mí y no veía nada donde se suponía que debía estar yo. era algo invisible. no visible para mí pero existía, tenía cuerpo. lo sé porque fue visible en el momento en que lo revestí de esta forma ilusoria fantástica. no visible para mí hasta vestirlo de fantasía, con traje de fantasía. como si sólo saliera, a relucir, si lo visto con un traje de fantasía. eso que hay en mí debe tener una esencia bastante femenina. y de una feminidad de otra época por demás. sólo sale si la visto con traje de fantasía. sólo sale de mí si la visto, la cuido y la trato como a una niña. como un animalillo del que me tengo que ganar la confianza con actos bondadosos, que le den confianza para salir. tengo que conquistarla. romper con mi seducción esas ataduras que la mantienen fijada en esos territorio en donde los ojos de esta dimensión no ven nada. y si los rituales de cortejo demandados deben ser tan elaborados, tan exigentes, lo que hay allí debe ser igualmente placentero, deben ser un amor casi tan grande como el de aquí afuera. una atención, un cuidado, una dedicación, una madre. una madre que es apenas vencida por un pretendiente exterior, por un posible prometido. una posible promesa de algo mejor, aquí afuera. un comprometido a cumplirla. pero lo que llamamos madre, sea lo que sea, es lo que menos podemos conocer. sabemos que está ahí sólo por la influencia que produce en algunas cosas. como el viento o la gravedad. cómo será ella. qué querrá. qué podría darle para que el placer de la conquistada prometida al salir no se frustre a causa de preocupaciones con involucran a su madre. qué querrá a parte de retener a su hija, claro. porque se trataría de darle lo que quiere a cambio de que condescienda o acepte a ese prometido de su hija, ése que implica su partida de la morada original.

pero al llamarla su hija y extender tanto su historia olvidé su nombre, que en algún momento asumí como fantasía y que ahora retomaré. su hija, hija de ella, de la desconocida, fue engendrada en mí y por mí. yo vendría siendo su padre. su padre que la da a la luz, invirtiendo la lógica que la madre es lugar de gestación y la que engendra la nueva vida. en este caso el engendrador soy yo, lo que pondría a la madre como fuente de las semillas que dieron inicio a su formación, la formación de la niña en traje de fantasía. la madre, la desconocida, plantó en mi esa semilla. en mí creció y de mí nació. y ahora que nació la madre no quiere que la abandone. porque la madre, resulta, también vive en mí, en el lugar de gestación. la madre es una campesina que deposita semillas en su tierra. y sus tierras, soy yo. ella vive en mí, me habita. me habita y planta semillas y de éstas nacen nuevas fantasías cada día. me habita y me pregunto cómo habrá llegado a mí, en qué condiciones, cómo fue esa historia, de la llegada, del asentamiento.

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