sábado, 26 de septiembre de 2009

tener personalidad

ya no recuerdo como llegó a mi soliloquio eso de "tener personalidad". lo cierto es que de ahí siguió en mi mente que esa expresión que tanto escuché en mi niñez-juventud era, en realidad, una de esas cosas que nos introduce irremediablemente en esta cultura. con esa incitación "tenga personalidad", lo que nos decían era no seas como ese o aquel, no te dejes influenciar. esto lo decían sólo cuando a su juicio estabamos imitando una conducta censurable. esta despectiva frase nos mostraba cuales partes de la trocha no hacían parte del buen camino. y nosotros, tan ávidos de cariño, hacíamos caso con tal de no perder la aprobación de esas personas. tenga-personalidad era como un regalo. tenga, me decían, y me daban una membresía para pertenecer a su grupo, a su mundo.-tenga, y de aquí en adelante ya sabe que no se mete por allá o por otras partes, sino por aquí.

en estas cavilaciones me dió por nombrar esto como una de esas cosas que me hacen colombiano. y cuando digo colombiano me refiero, tristemente, al pedazo de colombia que se me ha dado conocer en profundiad; este valle que por algún tiempo he visto como una gran caldera en la que estoy para ser devorado un día. decía que ese rechazamiento de las otras personalidades, de eso que no debía imitar para ser aceptado, se me hace una suerte de reduccionismo que niega todo el resto. esa reducción quizás haga las cosas más sencilla o con más sentido, pero niega la diversa realidad. ese deber tener personalidad me constriñe a no querer comprender qué pasa o cómo son esas otras personalidades; me dice, para qué se va a ir por allá a probar cosas raras si aquí lo tiene todo. dice, estoy bien como estoy, los malos son ellos. la bondad necesita siempre a alguien a quien acusar para poder definirse.

1 comentario:

  1. ¡Deje de ser acomplejada!

    El mandato civilizante que operaba en mi caso era ¡Deje de ser acomplejada! Y no era una invitación a pertenecer a un grupo y rechazar el otro, era una orden. Pero era una orden tan fracasada que no lograba imponerse y no le quedaba más que ser un regaño, porque no me podían imponer que dejara mis complejos, pero sí me podían regañar por tenerlos. Y se decía con un desprecio tal que uno ya sabía de qué lado estaba el bien y de qué lado el mal, de qué lado el amor y de qué lado el odio… al menos para quienes emitían la orden.

    Y esa orden se dejaba oír cuando yo no procedía como un ser humano normal y civilizado, es decir, cuando no daba las gracias al recibir cosas de gente que no conocía y que además no había pedido ni quería ni necesitaba; cuando agachaba la cabeza, en lugar de sonreír y hacer la venia, al escuchar mimos y elogios que no sentía honestos ni creía ciertos; cuando no quería saludar ni despedirme; cuando no quería hablar; cuando prefería quedarme sola; cuando rechazaba propuestas de amistad; cuando no quería jugar (yo sí jugaba, pero nadie sabía que mis juegos eran juegos); cuando lloraba “inmotivadamente” con lágrimas pero en silencio.

    ¡Deje de ser acomplejada! Era la frase con la que se reprendían estas actitudes que todos juzgaban como complejos, timidez, vergüenza, introversión, retraimiento. Era mejor así. Era mejor que todos pensaran que yo era tímida e introvertida, porque hubiera sido demasiado difícil explicarles que a mí no me daba pena hacer lo que me pedían, simplemente no quería hacerlo o no podía porque para entonces yo no había aprendido a ser cortés, que en muchos casos es ser hipócrita o civilizado que es lo mismo. Cómo les dice uno que lo que siente en realidad no es timidez sino desprecio por esos juegos de los grandes.

    No del todo, afortunadamente, pero en mucho he dejado de ser acomplejada, ya aprendí a ocultar los “váyase a la mierda” con sonrisitas, gracias y hasta luegos.

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