Ya no habría clase por el resto de ese día. La biblioteca estaba cerrada y era probable que ya hubieran dado la orden de evacuar la U. no tenía hambre pero quería comer algo, algo dulce; quizás con arequipe o chocolate. Este deseo se convierto en el camino en un capricho obstinado por un Napoleón. La tienda de los postres estaba cerrada. La maldije y renuncié a mecatear. Era napoleón o nada, desde que su nombre se definió en mi mente era él o nada. Si hubiera comprado algo más en ese momento habría sabido que era sólo una consolación y uno lo disfrutaría tanto. Salí de la universidad y pensé en las alternativas. Estaba temprano y podía ir a comprar esa novela rusa que esperaba no hubieran vendido en la anticuaria del séptimo piso. Quería comprar algo, el capricho por el Napoleón fue reemplazo por el capricho del libro. Parece que en el fondo se trataba de lo mismo; libros o comida tenían la misma función en mi vida.
Salí del edificio un poco agitado y no tan satisfecho como esperaba. El ascensor no llegaba y decidí bajar las escaleras, pero siete pisos son siete pisos. Mi insatisfacción tenía que ver con lo que compré: el doctor Zhivago que había ido a comprar y, además, un libro de cuentos irlandeses (lo compré sólo por que recordé a Joyce, pero ni siquiera me fije en autores o fechas, ese libro era Joyce y yo tenía que poseerlo). Estaba un poco aburrido por reconocer en ese libro de cuentos a ese deseo tan ajeno a mí, ese que tanto me suele dominar. Es un deseo que está dentro de mí pero no soy yo, él me posee y la forma de manifestarse es hacerme poseer a mí otras cosas. Es como si yo con esa posesión emulara lo que él hace conmigo. No sé esto que significa, pero me siento como un eslabón que continúa una sucesión desconocida.
Esa tarde me la pasé leyendo al doctor Zhivago. Leía con mucho fervor, por muchas horas seguidas (algo bastante infrecuente gracias a mi particular facilidad para distraerme después de media hora de concentración). En esas horas tenía un aliciente espcial para poder leer tanto: sabía que no volvería a tocar al doctor Zhivago por algún tiempo (conociendome, sabía que se trataba de meses). La cosa es que después de esa tarde extraordinariamente libre volvería a mi horario y costumbres habituales. Ya no tendría espacio para el doctor Zhivago en mi vida. Digo no tendría porque si hubiera querido meterlo a como diera lugar, habría tenido que quitarle tiempo a otras actividades. Quizás habría tenido que descuidar un poco a Cortazar o a las tontas materias de la U. Menciono estas cosas porque al alemán era definitivo que no le quitaría tiempo. Pensando en cómo hablaba de darles tiempo a las cosas veía ese Dar como algo que yo pagaba. Yo debía dar, les tenía que dar algo (que quizás les debía).
Pensar en que le debo algo a alguien y que lo pago ofreciendo mi tiempo en sacrificio, con medidas e intervalos fijos, me asusta. Me asusta no saber a quién le debo o cual es mi deuda. Me asusta pensar que lo que yo creía mi vida o mi pasión, lo que yo decía mi libre elección, es solo una pieza más de un sistema que no conozco. Me pregunto si el sistema será más grande que yo o más pequeño. Lo que sí sé es que el sistema me necesita para poder alterar la realidad. Yo soy su médium.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario