En los últimos meses hemos perdido las papas-bomba en la UdeA. Yo estoy un poco triste por esta escasez en la cosecha, aunque un gran número de alumnos y directivas están satisfechos y hasta orgullosos del logro.
Contaré por qué estoy trise. Un día cualquiera alrededor del medio día en la U estas en clase o almorzando. De repente suena un estruendo (con eco, no es bala) que te asusta y te saca de esa rutina habitual. Unos se quejan porque el hecho frustrará sus planes de más tarde, otros se alegran porque frustrará un examen de más tarde y yo me alero por el solo hecho de que están tirando papas.
La metáfora de la universidad como un microuniverso que refleja nuestra sociedad es común en el lenguaje que circula en la U. en mi tiempo en la U yo he desarrollado una metáfora similar: la U como reflejo de los sujetos que la componen. En este sentido, cuando escucho papas es como si escuchara a un niño llorar o a un joven gritar. Es una demanda de atención, un estruendo que le dice al orden que hay alguien no satisfecho con la disposición de las cosas, es quizás una forma de rebeldía adolescente de aquellos que no quieren aceptar lo que esta cultura les a entregado.
Siento tristeza con este acallamiento de las protestas porque es un acallamiento de mi propia rebeldía, es el estandarte absoluto de la realidad que las autoridades proclaman como única posible. Lamento, y lamentaré siempre que ese dialogo sea reprimido en aras de una monovisión del mundo, de una realidad en un solo orden, con una sola versión de los hechos.
Las extraño, papas. Extraño su envoltura de aluminio y las manos trémulas que les daba vida. Extraño que unos pocos cientos nos reuniéramos alrededor del desorden, de manera ritual, sin demasiadas palabras, sólo esos cantos infantiles revertidos en contra de las autoridades de turno.
lunes, 7 de septiembre de 2009
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ResponderEliminarCuando escuchaba el estallido de las papas en la U, me sentía malhumorada: por ello no me darían clases o me sacarían de la biblioteca o, aunque nadie me sacara, tenía que irme porque el aire se enrarecía y se hacía insoportable. Y tener que irme de la u es lo más triste que puede ocurrirme, teniendo en cuenta que es el único lugar que logro sentir como mío además de mi casa, en el que me siento a gusto casi en todos sus rincones y a cualquier hora, y donde siempre hallo un lugar para mí.
ResponderEliminarCuando las papas se suceden una tras otra, todos sabemos que eso termina en un enfrentamiento con policías que se parecen a robocop, y eso de por sí ya se me hacía ridículo, pero lo que me enfurecía, lo que me jodía por completo, era ver la muchedumbre que se formaba en la plazoleta para espectar y aplaudir cada que una papa se dejaba oír. Y admito que en muchas ocasiones formé parte de esa masa, pero no aplaudía ni gritaba sus arengas, sólo me quedaba hasta el final por la curiosidad de observar, y esa observación me dolía porque derivaba en un análisis y en unas conclusiones que no me dejaban más que sentimientos de soledad e incomprensión. A veces era mejor no mirar, hacerse el loco y decir para sí: hipócritas, que salen a aplaudir los actos de violencia que se jactan de rechazar en el Camilo Torres, pero que se jodan ya que no quieren pensar. Y con la indignación de ver la universidad convertida en un circo con payasos encapuchados, me dirigía a la portería del metro, conteniendo en mi garganta el grito de quien tiene una propuesta distinta, pero que el ruido de las papas y la euforia que producían no la dejarían escuchar. Qué me tiene que importar a mí, pensaba intentando tranquilizarme, que los universitarios se comporten como niños que se sienten grandes cuando le hacen una pataleta al papá. A ellos no les interesa defender la universidad, qué les va a interesar nada, si ni siquiera han podido con el Edipo.
Esa ausencia de solidaridad con los demás estudiantes (hermanitos, para continuar con la metáfora familiar), tiene justificación en una propuesta distinta, pero que toma tiempo y palabras expresarla. Pero lo que más me inhibe a exponerla es la certeza de que del otro lado no hay nadie a quien le importe.