en los ultimos años había dejado las canciones. había reducido los sonidos artificiales en mi vida a los cursos de idiomas. estaba enceguecido por esa maldición de dividir las lenguas. sin embargo, hace poco una mujer me recordó que la música existía. ella me gustaba más cuando no la había escuchado hablar demasiado, mas con devolverme la música ya se merece algo. no sé, no me preguntes. dale una chocolatina para que no llore. decía de la música.
ella era esa parte primitiva de mi vida, antes de las lenguas, antes de todo sentido. con ella el desorden se bailaba, el caos era caos y no necesitaba ser otra cosa, se bastaba, yo me bastaba en todas esas horas en que no hacía sino escuchar, escuchar. a veces ese escuchar conseguía ser algo excelso, que llamaría sublime ahora. en ese tiempo no tenía nombre. apenas empezaba a sentirlo sabía que sería uno de esos momentos y me detenía como a mirar al trozo de música de ese momento. mirada detenia como diciendole te veo, eres tu. eres uno de los que me hace esto, no te olvidaré para poder repetirte. una y otra vez, hoy no comprendo como eso no se convertía en ningun momento en hastío. en verdad era una repetición obsesiva. hoy diría que me hace depender de él y me alejaría, en ese tiempo era otro cuento.
tantas veces y todas como la primera, el tiempo no existía. en ese tiempo no pensaba en las relaciones con mujeres por que no existían, no podían existir, pero su hubiera mirado a la musica como a una de ellas tal vez hubiera pensado que ese era el matrimonio perfecto. bueno, hoy mira a toda relación mía con una parte del mundo como un matrimonio, quizás por eso ya no me es posible permanecer demasiado tiempo atracado en cualquier puerto. el amor se me metió en todos los rincones de la vida, qué rabia el amor.
yo era virgen entonces, virgen de amor y podía disfrutar de la música, virgen, sin que fuera un pecado repetirla o predecirla o decirle mía.
sábado, 8 de agosto de 2009
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Yo todavía soy virgen...
ResponderEliminarA veces se me ocurren unas ideas que sólo están buenas para reírse de ellas. Pero por más que me ría de ellas no dejan de aparecer, como que no les da pena o no les importa. Entonces habrá que hacer algo más con ellas distinto de reírse: escribirlas o inventarse una fantasía con ellas.
Como por ejemplo, ir a gritárselas a la analista. Y entonces la fantasía resulta tan risible como la idea.
Así no más, sin cita previa, ir a su consultorio y, al llegar, pasar corriendo por encima de la secretaria, que medio pasmada sólo atina a decir: “disculpe ¿Necesita a la doc…”, el resto de las palabras se le quedan en la garganta porque da igual que las termine de decir o que no las diga o que ni las haya comenzado a decir. Abrir estruendosamente la puerta del consultorio y, sin saludar, decirle a la analista con un tono fuerte y severo, pero que no es propiamente un grito: “yo siempre sangro porque no he dejado de ser virgen”.
Luego de vomitar la frase uno sonríe con una sonrisa ancha, la de quien sabe que ha logrado una hazaña. La analista, sentada en su sillón con una tranquilidad divina, no responde, ni se mueve, ni se inmuta; es analista y piensa mucho antes de poder hacer cualquier cosa, porque lo que sea que se haga hay que hacerlo bien, y en este caso lo que mejor le sale es no hacer nada.
Antes de que cualquier intervención se pueda dejar venir uno ya ha salido del consultorio cerrando la puerta tras de sí, y luego le deja sobre el escritorio una sonrisa tímida e infantil a la secretaria, que ella sabe entender como una disculpa. Y después de esa disculpa sin palabras uno abandona el lugar jurándose que al salir no se preguntará por lo que todos pudieron haber pensado: la secretaria y los demás pacientes que estaban en la sala de espera, y para lograr eso hay que reducirlos a todos a la categoría de idiotas, y así ¿a quién le importa lo que piensen los idiotas?
Ya en la calle, uno toma un carro o camina lo más rápido que puede, lo único que importa es alejarse del lugar; pero lo que sí importa es lo que piense la analista, por eso unos días después o mejor semanas, uno regresa caminando despacito pero contento, y en caso de que hayan regaños uno se dispone a asentir y a sonreír ¡Ya qué más da! Saluda muy amablemente a la secretaria, le sonríe con timidez y en un tono de voz muy bajito le dice:¿Cómo está Maritza? ¿Se acuerda de mí? ¿Será que puedo ver a mi analista? ¿Estará muy ocupada? No hay regaños. Bien pueda siéntese, la voy a anunciar… Dice la doctora que sí la puede atender, que pase…
Entonces uno ya no camina tan seguro, sino que le tiemblan las piernas como me saben temblar a mí, y las manos que siempre las tengo secas en estos casos me sudan. Y uno le lanza una mirada a la secretaria que es una pregunta que tal vez ella no entiende: ¿Cierto que no me van a regañar? Para saberlo no queda más que esa puerta que lo separa a uno de la analista, entonces uno la abre y en lugar de entrar, asoma la cabeza, y con una sonrisita temerosa que apenas se puede decir que es una sonrisa, uno le pregunta: ¿Cómo está? ¿Le pareció muy loco lo que dije? Yo sé que ella con su mano me indicaría que me siente y además donde sentarme, luego, una vez sentadas las dos, me diría: “cuénteme” o “y bien” o “la escucho”.
Y me tocaría repetir esa frase “yo siempre sangro porque no he dejado de ser virgen” y además explicarla. Y no, mejor no…